La cara oculta de la fiesta

Si algo se toma en serio en cada pueblo, son sus fiestas. Se preparan a conciencia. El consistorio las presupuesta, los jóvenes buscan la versión más movida, los mayores rejuvenecen. Se olvidan las diferencias y se unen esfuerzos para un bien común. Empleados y parados, progres y carcas, ellos y ellas. Esto siempre da resultado. Al finalizar, todo vuelve a su ser.

Pero en San Blas la fiesta vive todo el año. Y no me refiero al Mig Any, o a las Entraetas, que alegran algunos días. No. Hablo de esos músicos que componen las marchas para su estreno. De artesanos del cuero, que confeccionan trajes y complementos para las entradas. De los pocos que aún saben fabricar porras o lanzas, esas armas que lucen los cabos, orgullosos de su filá.

De entre todos destaco a un grupo de amigos, algunos de los cuales compartieron cargos de Alférez y Capitán de ambos bandos el mismo año. San Blas Deluxe es hoy una forma diferente de compartir la fiesta. Sobre su mesa se paladean los mejores platos de Manu Esteve, el hijo del practicante convertido en el padre del mantel festero. Se habla de música, de trajes, de las alcoyanas maneras en las que saben mirarse, se desfila. Pero, sobre todo, ejercen de custodios del tesoro de San Blas, sus Moros y Cristianos.

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